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Es sábado de un tiempo extraño. Aún así, he recuperado la felicidad de otro tiempo al reencontrarme con las canciones que amé del disco Sweet Revenge, de Ryuichi Sakamoto. Canciones que me hacen soñar con una terraza con vista al mar, departiendo con amigos cocteles de bebidas agridulces, bocadillos, brisa y vuelos de gaviotas.
Exótico encontrar en otras tierras una muestra de lo que aquí nos es cotidiano. Pero no quiero indagar más en la vida privada de los sobrecargos locales de Lufthansa ni en los olores domésticos de las mujeres de edad media alemanas que manejan la bicicleta de forma cotidiana, ni en cómo se las arreglan para secar su ropa en sus apartamentos sin tendederos... Por lo menos aquí puedo lavar cierta ropa y dejarla secar al sol. Allá, eso es un privilegio extraño, ausente, desconocido.
Hace 5 años que no viajo a Europa. Ahora será un viaje corto y de trabajo, pero el otro aire que respiraré me emociona... Con viajes así el trabajo no pesa. Un breve aventura, un desliz.
Vivo esa ansiedad por tener un plan el viernes, por desquitar el estrés de la semana, porque mañana no importa lo que haga, finalmente, se hará a cualquier hora. Vivo esa ansiedad vital sin tapujos ahora que tengo energía, tiempo, ganas.
Ganas de fiesta: No. Hace frío y llueve. La temporada de lluvias llegó retrasada mas se agradece, aunque a quienes viven cerca de canales a cielo abierto o entubados esto no les cause ninguna gracia. Se ha alejado el fantasma de sequia atroz que tendría como consecuencia falta de agua en la ciudad en la próxima primavera. Aunque no cantaré aún victoria. A veces creo que lo más benigno sería ser contagiado de influenza y dejarme morir.
Pero qué digo. Se lo que dejaría atrás y después del dolor de mis padres no habría más que una buena memoria que se diluiría con el tiempo y los intereses más apremiantes de los otros. Parece genuino mi deseo, descansar y olvidar este mundo al que no encuentro atractivos pese a que se diga que escupo al cielo.
Ya no estoy donde está la fiesta, tampoco donde el rumor del oleaje nocturno mecerá mis oídos. Tampoco donde se habla del futbol. Mi cuerpo no está recostado en la arena mirando las estrellas. Es la habitación de siempre, en ánimo distinto, día distinto. El mundo podría venirse a la tierra, como la lluvia, y no haber una segunda parte.
No soy presa de un orgullo adolescente, pero así actúo y sin embargo....
No hay miedo a envejecer. Sería estúpido no reconocer la ventaja de acumular experiencia y saber ver más allá. De joven ya era reconocida mi lucidez, ahora tengo un valor más grande. He perdido muchos miedos a lo largo de mi vida. Sigo vivo, o creyendo que lo estoy ¿Qué me puede matar? El sentir miedo a vivir y canjear libertad por comodidad.
Sin esfuerzo no hay aprendizaje.
Medicine bottle, de Red House Painters, es una de esas canciones que me acompañaron en mis veintes. Nostalgia californiana. Recuerdo que la música de Red House Painters acompañó un viaje que hice a Nueva York, cuando me aventuré a conocer Brooklyn y llegué en metro a Coney Island. Una gran música para conocer ese suburbio donde filmaron Requiem por un Sueño.
Hoy amaneció nublado en la ciudad. Una vez más desperté en la madrugada y se me fue el sueño. Esa interrupción del sueño tiene un efecto en mi consciencia al día siguiente que me gusta: melancolía, afinidad por melodías tristes, ganas de encerrarme en mi. Hoy he sentido nostalgia por la edad en que tenía 22 años y exploraba el mundo y no había sexo en él, sólo ganas de ver y volver a casa, ponerme en la máquina de escribir o sentarme a escribir en un cuaderno en un parque, o de meterme a ver películas que quizá no se exhibirán en este país. Ahora veo películas en casa.
Japanese to English es otra canción de Red House Painters, así como God kills the pain. He andado en bicicleta escuchando esas canciones, justo antes de que lloviera al mediodía. Pienso en la brevedad de mi existencia. Disfruto este sábado sin planes e inmerso en la nostalgia.